JAVIER OJEDA

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Apertura de puertas: 22-00
Precio de taquilla : 10 €
Venta anticipada: ESCRIDISCOS C/ Navas de Tolosa 4

REPORTAJE DEL CONCIERTO

Y aquí, de repente, un cantante superlativo. Un artista que se escondía tras el artista que se escondía detrás del líder carismático de un grupo que ha estado siempre por encima de su líder carismático. Esto es: Javier Ojeda. Cantante de Danza Invisible, un grupo tan sólido como un coche ruso. Un grupo hecho a base de escenarios y pericia musical. Un grupo que ha pasado los ochenta, los noventa y que ya , a mediados de 2000, podrían dedicarse a dar lecciones en un país donde nadie tolera que le den lecciones por muy ignorante que se sea. Y donde, tristemente, parece que sólo tienes derecho a alzar la voz, después de haber sumado más de 50.000 en el último disco.

Decir que el disco Polo Sur abre la carrera en solitario de Javier Ojeda, cantante de Danza Invisible, no es decir la verdad completa. De hecho, Javier lleva años buscándose la vida en garitos, descargas, colaboraciones anónimas, experimentos esporádicos, recitales sorpresa, discos de colaboraciones y demás, para poder sacar lo que al margen de Danza hay en él. Lo invisible del cantante más energético de su generación. Polo Sur no es más que la constatación discográfica de una realidad: el talento musical y el lenguaje expresivo de JO va más allá del libro blanco de Danza Invisible.

Polo Sur certifica varias cosas. Una, que Javier Ojeda pertenece por todo derecho a una transgeneración de cantantes teatrales, de histriones de la voz, en un país, España, donde a los intérpretes masculinos, salvo excelsas excepciones, les ha dado siempre mucha vergüenza salirse de su carril vocal y expresivo. Un ejemplo para entendernos: a Brassens o Brel sólo lo podían trasladar en español cantantes latinoamericanos. En España o somos muy excesivos o tenemos mucho sentido del ridículo. Javier es por mediterraneidad (o mejor, ‘malaguitud’), condiciones vocales y físicas, origen y carácter, formación musical y por llevar más años en el escenario que un palmero de Lola Flores, miembro de esa lista heteróclita de intérpretes donde habitan desde un Bunbury a un Tino Casal, desde un Raphael a un Nino Bravo, desde un Miguel Bosé a un Javier Álvarez, pasando por Mike Kennedy, por Camilo Sesto o Marc Parrot y su alias con peca.

En Polo Sur Javier es más amplio y Ojeda que nunca. Es seductor. Es puta. Es crooner desatado. Es salsero medio tumbao. Es a veces David Sylvian fusionado con Héctor Lavoe. Es el chico al que cierto house le puede caber y el que ha sido capaz de convertir a los discutibles ochenta en referencia elegante, quitándole las hombreras y los lamés. Los excesos de teclados en muchas de estas canciones se convierten en señales y texturas. Es otra de las certificaciones: los ochenta aportaron mucho más musicalmente de lo que se reconoce. Y estos ochenta de Polo Sur son elegantes y destilados.

Última certificación: se nota que Javier ama las canciones. Ama al pop (en el sentido amplio de música popular) y a estas alturas ya no se debe a bandera alguna estilística. Demuestra que viene de los ochenta pero que a estas alturas ya no le importa ser más Simple Minds que Brian Ferry ser más Prefab Sprout que New Order. Llegados a los cuarenta años, ya somos dueños de nuestra fatalidad o nuestra excelencia. Lo único que le pedimos a un artista es que nos cuente lo que sabe. Que no cree tan sólo pensando en los otros 40 que se llaman principales. Javier sabe mucho más de lo que muchos sospechan.

Ha hecho un disco que también es un poco ahí queda eso. Devorador de ritmos y sonidos, Javier puede irse ya tranquilo a la cama con este Polo Sur. Elegante y lleno de alma. Oscuro a veces y sugerente siempre. Como un volcán helado. Como esos depredadores que sin tocarte un pelo te hacen temblar sólo acariciando el borde de una copa sin mirarla. Hijo de su historia, nos la cuenta ahora. Estamos ante un músico con cosas que contar. Con cosas que cantar. Canta en Polo Sur uno de los autorretratos posibles de un cantante superlativo. Un tipo al que no le importa expresar lo que lleva dentro.

Héctor Márquez