FUNDACIÓN VALORA. Concierto benéfico de THE CLAMS (22:00hrs)

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Apertura de puertas: 22-00
Venta anticipada: 15 euros con cerveza o refresco en taquilla.

THE CLAMS

Conocí a Aida Clam (aunque entonces todavía no era Aida Clam) en un bar de carretera. La verdad, me iban mal las cosas, y después de conducir al azar durante horas, paré a beber en aquel garito infecto. Los barbudos camioneros se apostaban en la barra, cabizbajos delante de una cerveza y un chupito de whisky. La mayoría cabeceaba sin prestar atención a lo que ocurría en una pequeña tarima: allí, abriéndose paso entre el denso humo, salió Aida a cantar con voz doliente canciones de soul malherido. Hasta mi última víscera vibró con aquella música y pensé que aquella tipa no podía seguir desperdiciando su talento en aquel agujero. Así decidí dar un giro a nuestras vidas, un volantazo, y formar The Clams. Una banda de mujeres deseperadas y fugitivas, dispuestas a hacer temblar el suelo bajo sus pies.

¿Quién sería nuestras vertebras, el motor que animase nuestra música y la hiciera avanzar con ritmo firme? Encontré a Mónica debajo de una furgoneta en un taller mecánico que se fundía bajo el sol de una carretera secundaria. En cuanto vi su rostro manchado de grasa y la habilidad con la que golpeaba una carrocería con su llave inglesa, supe que sería nuestra batería: Mónica Clam.

Diana, Carola y Lila darían un brillo nuevo a nuestra música, la elevarían más arriba del cielo y soplarían para empujarla hacia delante. Una lavaba, otra cortaba y otra hacía manicuras en aquella triste peluquería de extrarradio. Ahora, con sus cosméticas manos, tocarían la trompeta, el saxo y el trombón hasta romperse las uñas. Diana Clam, Carola Clam y Lila Clam se unieron a nosotras.

Entre ketchup y sirope veía Lupe pasar su vida, todo el día sudorosa delante de la plancha. Recordé sus tortitas, sus grasientas hamburguesas triples, y fui a visitarla al restaurante mugriento donde trabajaba vestida con una cofia y un delantal rosa. “¿Qué deseas, cariño? ¿Más café?”, preguntó. “Cambiaré esa plancha por un teclado, y darás grasa y sabor a nuestra banda”, le dije. Así Lupe pasó a ser Lupe Clam y ponernos a la parrilla.

Me enteré de que soltaban a Henar aquella semana. Fui a prisión ese día, bajo un cielo plomizo. Salió mascando chicle, con cara de pocos amigos, arrastrando una gran maleta. Lo primero que hizo fue pedirme un cigarro. “Tengo un plan”, le dije. “No pienso dar otro golpe”, dijo, “al menos en una buena temporada”. Escupió en el suelo de grava. “Esto es mucho mejor”, repuse. Así Henar sustituyó lo fríos barrotes del presidio, que tanto había agarrado en largas tardes de invierno, por las seis de cuerdas de la guitarra. Ya era Henar Clam.

Nos faltaba alguien que pusiera sustancia y curvas a nuestro sonido. Marina pasaba la noches contoneándose medio desnuda en el escenario de un oscuro club, ante la mirada atenta de un puñado de babosos salidos. Le ofrecí soltar aquella barra metálica y agarrar el mástil y las metálicas cuerdas de nuestro bajo. Olvidarse de las babas y ponerse la ropa. Aceptó. Así completé la banda, uniendo a Marina Clam a nuestras filas.

The Clams habían tomado cuerpo. Ocho mujeres, ocho instrumentos, ocho almejas: una misión. Ellas pueden hacerlo.

Fdo.: Marta Luna Clam.